La Oreja Rota es muy especial para mi, fue mi primer encuentro con Tintín. La sexta entrega de la colección del reportero se convirtió, en aquel lejano 1975, en una auténtica revelación. Recuerdo a mi tía Guadalupe que me lo entregó por mi cumpleaños, algo extrañado por el nuevo material me lo llevé a un apartado donde lo paladeé como merecía la cosa, la encuadernación y calidad del producto presagiaban buenas sensaciones.
Ya desde la primera pagina fui fascinado por este nuevo estilo de dibujo, la "línea clara", limpio y excelente, algo frío, pero deliciosamente aplicado, con un color muy adecuado. La aparición de Hernández y Fernández fue una revelación, la iconicidad del Fetiche Arumbaya no se ha despegado de mi desde entonces, Milú, un perro que pensaba e incluso dialogaba con aquel joven avispado algo nuevo para este que escribe.
Cada página es aventura, cada pista un descubrimiento, personajes bien modelados, ritmo de guión inapaleble, cada viñeta un póster, así es Tintín. Me sorprendió la elasticidad y dinamismo de los personajes, como ese vuelo intentando alcanzar el loro. Pese a ser de los "primeros" Tintines (1937) me gustó desde el primer momento. El tema era serio y los malvados no dudaban en lanzar una daga mortífera, pero en la siguiente viñeta una jocosa imagen de los vecinos vencía el dramatismo anterior.
Se atisba sabiduría en la elaboración de vehículos y veracidad y cuidado en los transportes, sean navales o aéreos, también un guiño a aquella actualidad de entonces, tan lejana, con creativos nombres de países y capitales, traiciones, un posible fusilamiento, borracheras, el General Tapioca, el General Alcázar (vaya personaje), poco que añadir a ese burócrata americano de la General American Oil que quiere hacer negocios sucios con Tintín (todo es cíclico, ahora directamente extraen dictadores) o la magnífica persecución en automóvil hasta un paso fronterizo, una maravilla, el sabio uso de la tinta en los rápidos del río o el encuentro con Ridgewell, el explorador, ya metidos en territorio Arumbaya una especie de contínuo paso de un habitat a otro.
La escena del posible sacrificio de Milú no era moco de pavo para un tebeo pero, con un giro de guión excelente, se torna parodia con pasar la página, el bucle final con los fetiches y la muerte, sí, la muerte de los dos villanos acaba con 62 páginas inolvidables.
El trabajo de Hergé era pausado, metódico y muy elaborado. Cualquiera que haya visto, en una exposición o en cualquier informe o lectura sobre su proceso creativo sabe de la orfebrería del maestro belga haciendo sus obras. Yo recomiendo vivamente este magnífico tebeo como regalo comiquero para cualquier persona de la edad que sea, si tiene menos de 10 años, puede ser una catársis y droga dura para siempre, de la que engancha y de las que jamás podrás prescindir.
¡Rodrigo Tortilla, tú me has matado!
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