Hacía un bonito día de primavera y la ciudad, llena de encanto y de posibilidades, invitaba al paseo, la búsqueda y el buceo entre olor a papel, libro viejo y almacenes polvorientos, eran mediados de los 90. Un sábado, quizás el día más amable para estos menesteres y por el que merecía la pena madrugar un poco y recorrer un par de puntos cardinales urbanos, las grandes ciudades tienen eso, que callejear conlleva kilómetros, pero pocas cosas tan paladeables como ese dejarse llevar entre escaparates, viejos conocidos y persianas que se abren al público.
Se acerco a la vieja cafetería donde gente de chaquetilla blanca, pajarita negra y amabilidad implícita al carácter del que tiene al cliente en el corazón, llevaban de aquí para allá cafés con leche de los buenos con bandejas atiborradas de churros y ensaimadas que parecían el Kilimanjaro en sus buenos tiempos, azúcar espolvoreado de los que tumba a un alérgico, casi una atmósfera blanca levitante.
Tras dar buena cuenta de churros autoconclusivos (de los que se cierran en perfecto arco) del churrero murciano del barrio, la senda del merodeador se inicia, con escrupuloso goteo de estaciones al más puro estilo vía crucis, de una en una, de olor a olor, de chirrido de puerta a chirrido de puerta. En algunos espacios, sencillo registro de papeles mugrientos que ya no tienen remedio, en otros olisqueo de vitrinas, quizás no tan renovadas como el espectador quisiera, pero que siempre disponían, bien camufladas entre veteranos ítems, de algunas joyas colocadas en las últimas semanas y que llamaba la atención del visitante, o quizás solo la del merodeador.
Tras el recorrido habitual, ya con cierto cansancio en las piernas amortiguado por la ilusión de una nueva estación de diversión, metió quinta hasta el lugar donde solía acabar el peregrinaje, la gran tienda de tebeos de toda la vida, la guay, la mítica, la que tenía tras sus mostradores a los más sabios entre los sabios y que era única hasta en su nombre, un nombre que siempre le pareció perfecto, como el de esos comercios que tuvieron el acierto de ser valientes al crear su marca.
Los expertos se repartían cada uno en su negociado. En la parte más dedicada al juguete, un viejo lobo de mar tebeístico, huraño y completamente pasado de rosca al que le daba igual saludar que no, vender que no, sonreír que no, pero que sabía al dedillo lo que se repartía en vitrinas y cajas de tebeo. Había que pasar por ese santo inquisidor y preguntar, tras recibir la mirada asesina y su desprecio gestual, tras el trago se dirigió hacia otro negociado.
¿Por qué estos caballeros (generalmente caballeros), sabios, conocidos y hasta queridos, poblaban los mostradores de todas las tiendas que le gustaban? ¿Dónde se hacía el casting de estos personajes? ¿O eran precisamente los personajes que nunca pasarían un casting?. Al llegar a otro negociado, de forma prudente se encontró con una extraña e inusitada situación. Una señora, ya con una edad, hablaba con uno de estos personajes de mostrador, en este caso con el jefe de los vampiros y amo del castillo. La señora no andaba de muy buen humor y le mostraba al campeón del tebeo una montaña, ciertamente importante, de dibujos originales de tebeo. No los trataba con especial cariño ni se le veía con apego al material, más bien con un cierto despecho. Intentaba vender al dueño del castillo los originales del que parecía había sido su pareja-marido-compañero, lo que fuere, o eso escuchó cotilla entre la conversación entrecortada,
Nuestro merodeador, ante semejante momento casi estuvo a punto de descubrir su rol de voyeur pero es que la cosa le pareció apetitosa, una venta despechada, un tiburón regateador de los que muerden muslo y una pila de arte popular que olía a jamón. La señora seguía de mal gesto y casi con un "dame lo que te de la gana", finalmente el propietario del templo del tebeo se quedó con el montón de originales y ella atravesó la puerta perdiéndose en la avenida, de mal humor, como si estuviera cerrando una etapa.
El merodeador no tardó mucho en dirigirse al escualo de mostrador tras la retirada de la mujer despechada, por mantener las formas había esperado a que saliera de escena. Eran muchos originales pero se conformaba con una historia de tres páginas, había escuchado lo que había pagado el boss, entendía que se tenía que ganar algún margen con el tema pero era la oportunidad, así que lanzó el dardo y el tiburón, por una vez en su vida, soltó un trozo de carnaza.
Había sido una compra excelente y los originales eran fabulosos, estaba contento tras haber conseguido tres páginas del difunto Manuel Vázquez.

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