Hoy hace 45 años que servidor llegó al planetoide terráqueo, allá en la Clínica de San Juan de Dios, al lado del Canal.
Mis recuerdos de los años 60, en aquella España que ahora dicen fue gris y cruel, son fantásticos, par mi era azul y cromada. Recuerdo que vivíamos en un sencillo barrio, hoy centro de la ciudad, calle General Sueiro, donde muchas familias similares, clase media, se arremolinaban con lo 2, 3 o 4 hijos de rigor. Recuerdo aquella acequia entonce en Camino de las Torres, el taller de coches en la puerta de casa, y cómo miraba las reparaciones que allí hacían de vehículos que hoy me parecen míticos.
Recuerdo también mi casa de entonces, sencilla y sesentera, con radiadores apestosos eléctricos.... con el vecino de abajo al que tirábamos escupitajos, durmiendo con mi hermano en aquel divertido cuarto lleno de recovecos.
Recuerdo las comidas y cenas en la cocina. Las sempiternas tortillas francesas, las gambas rebozadas y los miles de plátanos que comíamos al año. La televisión, aquel invento maravilloso, los programas en blanco y negro y la hucha Ruperta donde caían los ahorros de los tres hermanos. Los fuertes Comansi, los Madelmanes, aquel mecánico que me trajo mi padre en mi quinto o sexto cumpleaños.
Recuerdo que si te ponías malo te ponías muy malo, varios días, jodido y entonces te llevaban a la cama de tus padres, era como un nuevo status, todo el mundo peguntaba por ti, te trataban fantástico y siempre te traían un tbo o algo selecto... lo malo, el jodido practicante y esas tremendas agujas, hoy alguno se caería redondo al verlas o escuchando el hornillo de alcochol.
Recuerdo aquellos años con una gran felicidad. Todos éramos muy parecidos y teníamos mucha confianza entre familias y amigos. Íbamos solos al cole, volvíamos cuando queríamos, nos pasaba de todo y nadie decía nada. Fuimos más duros y hacíamos todo tipo de gamberradas, hoy dignas de prisión. Nos pinchábamos con hierros oxidados, matábamos hormigas, gusanos y lagartijas, destrozábamos nuestras rodillas, fustigábamos a gomazos o con el tirachinas a la gente cercana, jugábamos a guerras, indios, vaqueros, inigualables floretes saca ojos para el rol mosquetero. Fuimos Spiderman, trepábamos las tapias y caíamos de bruces, también Hulk y X Men, hicimos tanques con raquetas, alfombras y el clásico carrito de bebidas.
Nuestros padres fumaban como cosacos, bebían coñac al mediodía y nosotros sólo agua. El vermú familiar los domingos era un clásico.... gamba o croqueta y nada de refrescos, agua del grifo, nuestros padres y abuelos se ponían ciegos. Nuestras madres no curraban, cocinaban y siempre estaban en casa, .... a los padres los veías poco y era un lujo compartir un juego con ellos. Las cosas no eran fáciles de conseguir aunque había abundancia, pero la paga semanal era parca aunque tampoco la oferta era amplia, así que eras feliz. La imaginación era fundamental, porque los juguetes eran analógicos, los juegos de mesa una obligación maravillosa y la interacción y contar con otros un bien necesario y bienvenido.
Los cumpleaños eran abundantes, los regalos pensados, las meriendas opíparas y las invitaciones un signo de estatus. No existía Nike, y Adidas era una entelequia. Estaban las Paredes, y marcas apestosas españolas que te jodían los pies. Estrenar zapatos era divertido aunque duraban micrones y la bolsa del cole o mochila era un signo de nivel social.
Nos gustaba el cine e íbamos solos a ver cosas sensacionales. Mirábamos los escapartes de las jugueterías llenos de cosas que jamás podríamos tener, como el gran tren de Trenexpreso, o los Megos de la tienda de General Sueiro. No había ludotecas, parques infantiles ni ostias, toda la ciudad era tu escenario y jugabas a tus anchas, con amigos, vecinos y, sobre todo, tus hermanos.
No había móvil, ni consolas, ni Ataris ni cámara digital, ni reloj electrónico. Todo era a cuerda, sólido y en perspectiva.
Eran los 60 y empezaban los 70, el coche de tu padre lo sentías oomo un Cadillac, siempre comías con tus abuelos los fines de semana, veías la tele los domingos por la tarde y por la mañana ibas a misa, sin falta, eso sí era aburrido.
No viajabas casi nunca y, cuando lo hacías, era para ir a la playa que estaba lejísimos, te costaba casi un día y te mareabas constantemente.
Hoy todo es distinto. Miro aquellos años felices con distancia pero sin nostalgia, aunque fueran cojonudos. Hemos tenido una gran suerte de ser de esa privilegiada generación de transición, de ese baby-boom sesentero que hoy en día va desorientado por la vida pero que ha disfrutado del inicio de tantas cosas excelentes.