sábado, 2 de mayo de 2026

DISPLAY PUBLICITARIO DE FANTA PARA COMERCIOS

Esta pieza es muy curiosa e interesante. Dispone, en su parte superior, de un cambio de precio analógico para cada uno de los formatos de venta, algo que es muy raro de ver. Los precios son de esas cosas que nunca volverán.



BANDEROLA PUBLICITARIA FANTA DE MESÓN DON MANUEL

 


ORIGINAL DE ALFONSO FIGUERAS CON EL MONSTRUO DE FRANKENSTEIN A LA VENTA EN TODOCOLECCIÓN

https://www.todocoleccion.net/art-comic/original-alfons-figueras-sketches-to-shock~x596061717


 

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR. XXIII. TÚ SABES QUE LO VALE















Las argucias en la negociación en cualquier rastro o mercadillo español es algo que más o menos dominaba, no por estar especialmente preparado, sino por los años y cierta experiencia. Muchas veces había sido engañado con historias fabulosas y aventuras inolvidables, algo que los vendedores patrios dominan fenomenalmente, casi todas ellas inventadas o exageradas de manera exponencial.

Con el tiempo, ese jugueteo falsario había acabado por crear en él un entendible descreimiento ante todas estas actitudes que, lo que pretendían, era inflar los precios de las ventas. "Esto es antiguo", "hay muy pocos", "en internet vale mucho dinero", "lo he encontrado en una casa muy buena", "es muy raro", son chascarrillos propios de las ventas de este tipo. 

Cada colectivo de vendedores, era curioso, manejaban cierto tipo de argumentario resultado de la cultura de dichos colectivos. Los gitanos de toda la vida siempre floreaban y adornaban, con una chispa cercana a esa picaresca literaria, las mentiras que acompañaban a la venta, pero con gracia, guiño y con cierta sorna, parte nuclear del trapicheo. El de la tierra casi siempre con un tono más doliente, como quejoso del tiempo, de las circunstancias, del coste del puesto, de la disposición de las mesas, de lo caro que está todo, de lo poco que se vende, de un dolor de cabeza o del poco público, será el carácter de la ciudad. Había otro tipo de "estilo" que se solía encontrar en los rastros y mercadillos de aquí y allá, y era el vendedor del norte de África, casi siempre marroquíes. Este tipo de vendedores solían ser más fríos y calculadores, informados y selectivos, ordenados y con una mirada inquisidora, como queriendo sacarle la verdad con la mirada, distantes, poco amantes del regateo, casi despectivos hacia la falta de venta. Quizás, en su opinión, era con quien más le costaba negociar.

No era, pensaba nuestro merodeador, un tema racial, sino más bien un asunto cultural. Muchas veces le miraban y era como si le hicieran una radiografía, sabían hasta donde podían llegar. Los más veteranos le habían puesto hasta cierta etiqueta y, muchas veces, le pedían lo mismo por piezas dispares, era casi como una tasa obligatoria.

Por eso disfrutaba tanto en los rastros alemanes que también estaban poblados por todo tipo de personajes pero en los que abundaba el coleccionista, casi siempre con una pequeña mesa como mostrador, sin oropeles. Generalmente las conversaciones eran divertidas, fecundas, valiosas, sobre aquel asunto o aquel universo común de esos de los que forman parte de forma exclusiva los coleccionistas.

Había visitado varios rastros en la vieja Alemania, alguna de las ciudades gozaban de la presencia de varios en su núcleo urbano, cada uno de ellos orientado hacia temas específicos. Sabía que solían ser mercadillos silenciosos, sin sol, casi siempre acompañados de un puesto rodante que vende café, alguna pieza de bollería y otros con cerveza, salchichas o alguna energética delicia germánica. 

En España estaba acostumbrado al totum-revolotum, montañas de basura en la que hay que sacar el catalejo, el microscopio o un radar de mediana potencia para poder rebuscar entre marañas de cables, herramientas, papeles, juguetes de quinta o todo tipo de quincalla. En Alemania la cosa no solía ir por ahí, cierta austeridad, material medido, ordenado y casi siempre apoyado en una mesa, menos es más dicen, pues un poco por ahí iba la cosa.

Aquel día se había desplazado hasta una zona diferente de la ciudad, hacía un frío de perros y, como no, al principio del coqueto mercadillo había una caravana que vendía café caliente y bollitos, el café además de calentar las manos, calentaba el cuerpo y levantaba el espíritu en la gélida mañana germana. Puestos de todo tipo, eclécticos, las caras eran algunas de buscavidas, las menos, y las más de coleccionistas quitándose material repetido y jugando durante el fin de semana. Los puestos de éstos últimos son los que más le llamaban la atención ya que contenían materiales de calidad, juguete, publicidad, libros, memorabilia, delicatessens de todo tipo, incluidas algunas piezas de mobiliario y diseño de las que los teutones son buenos seguidores.

Acabó delante de un puesto pequeño, coqueto y apetitoso. Diferentes delicias se mostraban ante sus ojos, casi todas ellas de carácter publicitario y ya se sabe que la publicidad alemana, además de ordenada y exquisita, está ahí en el Olimpo junto a la italiana, la francesa o la misma española. 

Encontró una pieza especial, bonita, pequeña y diferente. No especialmente valiosa, pero sí emocionante y nunca vista en su lejano país. Pidió precio y, francamente, el precio era muy adecuado, pero la sangre española corría por sus venas, se puso en modo ON y había que sacar a relucir el espíritu de los rastros patrios, de carambola, guiño y sonrisa juguetona, es parte del encanto. Toqueteo, distracción con otros objetos que solo formaban parte del artificio de la compra, miradas al horizonte, cara de pocas ganas, paseo por aquí, paseo por allá, amable saludo, amable falsa despedida para acabar de nuevo en el mismo sitio, era como un zorro dando vueltas alrededor del gallinero.

Finalmente, la frase mágica "¿Cuánto pide por ésto?".  Aquel sonriente vendedor le pidió una cantidad, pero había que regatear, había que sacar al espíritu torero a la plaza "va a saber este caballero lo que es un killer español". El diestro mostró sus cartas y su oferta esperando lo que siempre esperaba, una contraoferta de "ni para ti ni para mi", pero ésta vez se encontró algo y alguien diferente. El caballero alemán, sonriente y templado, le miró fijamente a los ojos y con una voz al estilo "Harrison Ford" le soltó: "Tú sabes que lo vale". Se miraron cinco segundos, sonriendo ambos. El torero español se volvió a toriles vencido por la mirada franca, la autenticidad de la frase y la inesperada situación, era invencible, y era verdad, aquello lo valía.

El merodeador sacó el dinero y pagó cada euro que le habían pedido, se dieron la mano con amabilidad, los dos estaban satisfechos, lo que había pasado respondía a la franqueza, eso tan auténtico que tan pocas veces se encuentra en este universos de juguetones.

MORTADELO Y FILEMÓN. 28. MISIÓN DE PERROS (1976) SECUNDARIOS DE LUJO

Delirante. Misión de perros es un festival creativo, de dueños, de perros y de situaciones desternillantes. Una mascota, dentro de la ecléctica colección protagonista, se ha tragado una bomba atómica y, para desactivarla, los agentes más desastrosos tienen que hacerle tragar una morcilla que desmonta el potencial de la explosión. No voy a hacer spoiler, pero todos sabemos cómo acaba la cosa. Así como en la anterior aventura la colección de secundarios esa muy escasa en ésta nos encontramos un desfile fascinante de personajes y perros a cada cual más excepcional. El sufrimiento de la Marquesa del Cebollón es un manual de tortura de primer orden. El gato y el desastre, como no, tienen como origen al Profesor Bacterio.

Secundarios de lujo:

1 - Babieco
2 - Pulga
3 - Propietario de Remolacho
4 - Brigadier Ludovico
5 - Esteticista
6 - Marquesa del Cebollón
7 - Mayordomo
8 - Pichichi
9 - Marqués del Cebollón
10 - Remolacho
11 - Zancudo
12 - Chicho
13 - Marciano
14 - Moléculo
15 - Condes de Rabotieso
16 - Amo de Moléculo
17 - L.Fante odontólogo
18 - Goliato
19 - Filemón
20 - Zapatillo
21 - Campeón del Mundo de los Pesos Pesados
22 - Pocholi
23 - Gato radioactivo
24 - Agente Borríquez



























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