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sábado, 2 de mayo de 2026

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR. XXIII. TÚ SABES QUE LO VALE
















Las argucias en la negociación en cualquier rastro o mercadillo español es algo que más o menos dominaba, no por estar especialmente preparado, sino por los años y cierta experiencia. Muchas veces había sido engañado con historias fabulosas y aventuras inolvidables, algo que los vendedores patrios dominan fenomenalmente, casi todas ellas inventadas o exageradas de manera exponencial.

Con el tiempo, ese jugueteo falsario había acabado por crear en él un entendible descreimiento ante todas estas actitudes que, lo que pretendían, era inflar los precios de las ventas. "Esto es antiguo", "hay muy pocos", "en internet vale mucho dinero", "lo he encontrado en una casa muy buena", "es muy raro", son chascarrillos propios de las ventas de este tipo. 

Cada colectivo de vendedores, era curioso, manejaban cierto tipo de argumentario resultado de la cultura de dichos colectivos. Los gitanos de toda la vida siempre floreaban y adornaban, con una chispa cercana a esa picaresca literaria, las mentiras que acompañaban a la venta, pero con gracia, guiño y con cierta sorna, parte nuclear del trapicheo. El de la tierra casi siempre con un tono más doliente, como quejoso del tiempo, de las circunstancias, del coste del puesto, de la disposición de las mesas, de lo caro que está todo, de lo poco que se vende, de un dolor de cabeza o del poco público, será el carácter de la ciudad. Había otro tipo de "estilo" que se solía encontrar en los rastros y mercadillos de aquí y allá, y era el vendedor del norte de África, casi siempre marroquíes. Este tipo de vendedores solían ser más fríos y calculadores, informados y selectivos, ordenados y con una mirada inquisidora, como queriendo sacarle la verdad con la mirada, distantes, poco amantes del regateo, casi despectivos hacia la falta de venta. Quizás, en su opinión, era con quien más le costaba negociar.

No era, pensaba nuestro merodeador, un tema racial, sino más bien un asunto cultural. Muchas veces le miraban y era como si le hicieran una radiografía, sabían hasta donde podían llegar. Los más veteranos le habían puesto hasta cierta etiqueta y, muchas veces, le pedían lo mismo por piezas dispares, era casi como una tasa obligatoria.

Por eso disfrutaba tanto en los rastros alemanes que también estaban poblados por todo tipo de personajes pero en los que abundaba el coleccionista, casi siempre con una pequeña mesa como mostrador, sin oropeles. Generalmente las conversaciones eran divertidas, fecundas, valiosas, sobre aquel asunto o aquel universo común de esos de los que forman parte de forma exclusiva los coleccionistas.

Había visitado varios rastros en la vieja Alemania, alguna de las ciudades gozaban de la presencia de varios en su núcleo urbano, cada uno de ellos orientado hacia temas específicos. Sabía que solían ser mercadillos silenciosos, sin sol, casi siempre acompañados de un puesto rodante que vende café, alguna pieza de bollería y otros con cerveza, salchichas o alguna energética delicia germánica. 

En España estaba acostumbrado al totum-revolotum, montañas de basura en la que hay que sacar el catalejo, el microscopio o un radar de mediana potencia para poder rebuscar entre marañas de cables, herramientas, papeles, juguetes de quinta o todo tipo de quincalla. En Alemania la cosa no solía ir por ahí, cierta austeridad, material medido, ordenado y casi siempre apoyado en una mesa, menos es más dicen, pues un poco por ahí iba la cosa.

Aquel día se había desplazado hasta una zona diferente de la ciudad, hacía un frío de perros y, como no, al principio del coqueto mercadillo había una caravana que vendía café caliente y bollitos, el café además de calentar las manos, calentaba el cuerpo y levantaba el espíritu en la gélida mañana germana. Puestos de todo tipo, eclécticos, las caras eran algunas de buscavidas, las menos, y las más de coleccionistas quitándose material repetido y jugando durante el fin de semana. Los puestos de éstos últimos son los que más le llamaban la atención ya que contenían materiales de calidad, juguete, publicidad, libros, memorabilia, delicatessens de todo tipo, incluidas algunas piezas de mobiliario y diseño de las que los teutones son buenos seguidores.

Acabó delante de un puesto pequeño, coqueto y apetitoso. Diferentes delicias se mostraban ante sus ojos, casi todas ellas de carácter publicitario y ya se sabe que la publicidad alemana, además de ordenada y exquisita, está ahí en el Olimpo junto a la italiana, la francesa o la misma española. 

Encontró una pieza especial, bonita, pequeña y diferente. No especialmente valiosa, pero sí emocionante y nunca vista en su lejano país. Pidió precio y, francamente, el precio era muy adecuado, pero la sangre española corría por sus venas, se puso en modo ON y había que sacar a relucir el espíritu de los rastros patrios, de carambola, guiño y sonrisa juguetona, es parte del encanto. Toqueteo, distracción con otros objetos que solo formaban parte del artificio de la compra, miradas al horizonte, cara de pocas ganas, paseo por aquí, paseo por allá, amable saludo, amable falsa despedida para acabar de nuevo en el mismo sitio, era como un zorro dando vueltas alrededor del gallinero.

Finalmente, la frase mágica "¿Cuánto pide por ésto?".  Aquel sonriente vendedor le pidió una cantidad, pero había que regatear, había que sacar al espíritu torero a la plaza "va a saber este caballero lo que es un killer español". El diestro mostró sus cartas y su oferta esperando lo que siempre esperaba, una contraoferta de "ni para ti ni para mi", pero ésta vez se encontró algo y alguien diferente. El caballero alemán, sonriente y templado, le miró fijamente a los ojos y con una voz al estilo "Harrison Ford" le soltó: "Tú sabes que lo vale". Se miraron cinco segundos, sonriendo ambos. El torero español se volvió a toriles vencido por la mirada franca, la autenticidad de la frase y la inesperada situación, era invencible, y era verdad, aquello lo valía.

El merodeador sacó el dinero y pagó cada euro que le habían pedido, se dieron la mano con amabilidad, los dos estaban satisfechos, lo que había pasado respondía a la franqueza, eso tan auténtico que tan pocas veces se encuentra en este universos de juguetones.

martes, 21 de abril de 2026

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XXII) LA VIUDA DESPECHADA
















Hacía un bonito día de primavera y la ciudad, llena de encanto y de posibilidades, invitaba al paseo, la búsqueda y el buceo entre olor a papel, libro viejo y almacenes polvorientos, eran mediados de los 90. Un sábado, quizás el día más amable para estos menesteres y por el que merecía la pena madrugar un poco y recorrer un par de puntos cardinales urbanos, las grandes ciudades tienen eso, que callejear conlleva kilómetros, pero pocas cosas tan paladeables como ese dejarse llevar entre escaparates, viejos conocidos y persianas que se abren al público.

Se acerco a la vieja cafetería donde gente de chaquetilla blanca, pajarita negra y amabilidad implícita al carácter del que tiene al cliente en el corazón, llevaban de aquí para allá cafés con leche de los buenos con bandejas atiborradas de churros y ensaimadas que parecían el Kilimanjaro en sus buenos tiempos, azúcar espolvoreado de los que tumba a un alérgico, casi una atmósfera blanca levitante.

Tras dar buena cuenta de churros autoconclusivos (de los que se cierran en perfecto arco) del churrero murciano del barrio, la senda del merodeador se inicia, con escrupuloso goteo de estaciones al más puro estilo vía crucis, de una en una, de olor a olor, de chirrido de puerta a chirrido de puerta. En algunos espacios, sencillo registro de papeles mugrientos que ya no tienen remedio, en otros olisqueo de vitrinas, quizás no tan renovadas como el espectador quisiera, pero que siempre disponían, bien camufladas entre veteranos ítems, de algunas joyas colocadas en las últimas semanas y que llamaba la atención del visitante, o quizás solo la del merodeador.

Tras el recorrido habitual, ya con cierto cansancio en las piernas amortiguado por la ilusión de una nueva estación de diversión, metió quinta hasta el lugar donde solía acabar el peregrinaje, la gran tienda de tebeos de toda la vida, la guay, la mítica, la que tenía tras sus mostradores a los más sabios entre los sabios y que era única hasta en su nombre, un nombre que siempre le pareció perfecto, como el de esos comercios que tuvieron el acierto de ser valientes al crear su marca.

Los expertos se repartían cada uno en su negociado. En la parte más dedicada al juguete, un viejo lobo de mar tebeístico, huraño y completamente pasado de rosca al que le daba igual saludar que no, vender que no, sonreír que no, pero que sabía al dedillo lo que se repartía en vitrinas y cajas de tebeo. Había que pasar por ese santo inquisidor y preguntar, tras recibir la mirada asesina y su desprecio gestual, tras el trago se dirigió hacia otro negociado.

¿Por qué estos caballeros (generalmente caballeros), sabios, conocidos y hasta queridos, poblaban los mostradores de todas las tiendas que le gustaban? ¿Dónde se hacía el casting de estos personajes? ¿O eran precisamente los personajes que nunca pasarían un casting?. Al llegar a otro negociado, de forma prudente se encontró con una extraña e inusitada situación. Una señora, ya con una edad, hablaba con uno de estos personajes de mostrador, en este caso con el jefe de los vampiros y amo del castillo. La señora no andaba de muy buen humor y le mostraba al campeón del tebeo una montaña, ciertamente importante, de dibujos originales de tebeo. No los trataba con especial cariño ni se le veía con apego al material, más bien con un cierto despecho. Intentaba vender al dueño del castillo los originales del que parecía había sido su pareja-marido-compañero, lo que fuere, o eso escuchó cotilla entre la conversación entrecortada,

Nuestro merodeador, ante semejante momento casi estuvo a punto de descubrir su rol de voyeur pero es que la cosa le pareció apetitosa, una venta despechada, un tiburón regateador de los que muerden muslo y una pila de arte popular que olía a jamón. La señora seguía de mal gesto y casi con un "dame lo que te de la gana", finalmente el propietario del templo del tebeo se quedó con el montón de originales y ella atravesó la puerta perdiéndose en la avenida, de mal humor, como si estuviera cerrando una etapa.

El merodeador no tardó mucho en dirigirse al escualo de mostrador tras la retirada de la mujer despechada, por mantener las formas había esperado a que saliera de escena. Eran muchos originales pero se conformaba con una historia de tres páginas, había escuchado lo que había pagado el boss, entendía que se tenía que ganar algún margen con el tema pero era la oportunidad, así que lanzó el dardo y el tiburón, por una vez en su vida, soltó un trozo de carnaza.

Había sido una compra excelente y los originales eran fabulosos, estaba contento tras haber conseguido tres páginas del difunto Manuel Vázquez.

domingo, 18 de mayo de 2025

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XXI) DE COPAS CON VADER















Sabía que el universo de Star Wars no estaba en su mejor momento, lo sabía. Su corta experiencia ya le había mostrado, más de una vez, que los mundos de seguidores y fans oscilan más que una montaña rusa. De repente, una multinacional o una marca de pipas, recogía el testigo de uno u otro producto y de nuevo tenías una franquicia en la cima del podio.

La verdad que en aquellos años y más tarde, a lo largo de su vida, le cogió mucho cariño a esos artistas, temas o modas que se encontraban en el pozo, en lo más hondo. Marvel, Madel, Exin, Galáctica, no hay temita que no haya recorrido caminos bizarros en autobús de tercera. Y aquel era el momento de Star Wars. Y en España cuando llegan estas cosas es porque están ahí, en quinta división, alejadas de los oropeles en territorio natal.

Había sido una carambola enterarse de la convención que iba a acaecer en Barcelona. Eran tiempos humildes, de póster y como mucho un casco, y más que sencillo. Las figuras de acción disponibles eran las que eran y el mercado nada que ver con lo que vendría decenios más adelante. Nadie disponía de un uniforme de un soldado imperial, transcurrían las cosas sin internet, con sencillez y humildad, de una forma profundamente analógica y pequeña, de moqueta, billete de mil pesetas y mucha ilusión. Conseguir coleccionables era harto complejo y requería constancia, búsqueda y esfuerzo, la sal de la vida.

Con todos estos ingredientes en la paella había que cogerse un autobús para ir hasta la cosmopolita Ciudad Condal. Los dos amigos llevaban su más querido ítem, cada uno un casco galáctico, Vader y Soldado Imperial, nada de Rebeldes, no molan. Con los zarrios bajo el brazo lo dicho, butaca de eskai, vídeo de quinta en el viaje y rumbo a la city. 

Con aquellos ojos de chavales las cosas se vivían y paladeaban de una forma diferente, todavía no habían llegado los hartazgos galácticos que traería el nuevo siglo, un enorme buffet libre de blasters y seres de todo tipo, indigestión garantizada para los austeros estómagos de quien tomaba un bocata al año, pero sabroso y que sabía de maravilla, jamón rico y pan con tomate. 

Aquella convención ni era especial y un pigmeo al lado de cualquier muestra mediocre que podría realizarse en Estados Unidos, pero bueno, estaban allí. Dando vueltas. Y tampoco por aquel entonces la gente de a pié disponía de piezas tan molonas como esos dos cascos, los dos amigos fardaban con ellos bajo el brazo, los Paco Martínez Soria de Star Wars, con cesto y gallina pero con el orgullo de quienes habían abierto el celofán de Star Wars en 1977, a pié de butaca, nada podía quitarles aquella experiencia única, ni el Imperio Disney.

Los actores de Star Wars, maltratados muchas veces por la industria e intentando ganarse alguna libra de convención en convención, se acercaron a la cita, dos pesos pesados. Jeremy Bullock, nada más y nada menos que Bobba Fett, el caza recompensas, y el gigante David Prowse con su incontinencia verbal que tantos disgustos le costó, el gran Darth Vader. Y allí andaban los dos amigos, intentando hacer hueco entre sables y fans, no era fácil.

De repente aparece una cámara de televisión catalana, y quiénes mejor que Alfredo Landa y Pepe Sacristán (así se sentían nuestro protagonistas) llegados del recio y desértico Aragón para servir como ejemplo, para todo el país, del caldo representativo de tipo fan hispano. No estaban preparados para el momento, más aún cuando los periodistas, con ganas de carnaza, les solicitaron que se pusieran los cascos. La juventud, según va desapareciendo se va sustituyendo por los prejuicios, los corsés y las pocas ganas de hacer el ridículo, en ese momento todavía había elasticidad en la mente de nuestros fans y claro, fueron retransmitidos ataviados con bonitos abalorios imperiales, para chanza y pitorreo de sus familias y amigos, la verdad es que La Fuerza no les acompañó en aquel momento. Pero sabían reírse de sí mismos.

La convención acababa con un gran momento digno del mejor cine Z español. Todos los presentes, aquellos simpáticos fans aragoneses, el resto de seguidores del universo y, por supuesto, Vader y Fett, se trasladaron a una Boitè, una sala de fiestas con sillones bajos, mesas redondas negras y dignísima y oscura iluminación. "No se si Carrie Fisher habría pasado por esta experiencia" pensaron, pese a ello, allá fueron.

Y en una de esos espacios discotequeros, de esos pequeños saloncitos de cubata y jugueteo amoroso, allá se produjo el encuentro. Dos jubilados británicos, majos y agradables, sencillos, de esos que parece que van rumbo a Benidorm, vaso de tubo en ristre, apalancados en el sillón bajo, mirando extrañados sin saber qué pasaba y qué les rodeaba. De la estrella de la Muerte a un barucho barcelonés, no hay Tie Fighter que digiera eso. Pero el saber estar de las islas y las libras que se habían embolsado, no moneda imperial, sino de curso legal, les obligaba, pese a estar en el lado oscuro de la saga, a soportar con británica sonrisa cuantos fan les llegaban. 

Nuestros queridos protagonistas allá andaban, y se encontraron con ellos, en un momento entre surrealista, divertido y cómico. Los actores firmaron los cascos, como correspondía, dieron la mano y siguieron con el pepinazo de whisky. La vuelta en bus fue bonita y disfrutona pero conllevaba una reflexión importante que, más adelante se convertiría en una verdad. Las ilusiones, las fantasías, los héroes, los iconos, pensaron, es mejor dejarlos en el imaginario, allá lejos, en la galaxia, porque cuando te encuentras con ellos, cubata en mano, aparecen las realidades, menos brillantes, menos interesantes y, sobre todo, mucho menos ensoñadoras. Con el tiempo, los dos amigos aprendieron que los héroes no lo son y que lo que más les gusta es sentirse y ser tratados con sencillez, normalidad y ser persona, hablar de fútbol o de un buen vino. 

 

sábado, 7 de septiembre de 2024

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XX) LA VITRINA

 
















No era habitual encontrarse en la ciudad una exposición tan interesante de juguetes como la que se anunciaba en todos los tabloides. Los coleccionistas de la ciudad, algo escasos de eventos y momentos de estas características andaban revueltos, nerviosos, como los chavales que están a la espera de un nuevo álbum de cromos en el quiosco de rigor o de un nuevo capítulo de la serie televisiva de moda, cuando sólo había dos canales de emisión.

Nuestro Merodeador tenía su red de colegueo y consiguió, con artes nobles, establecer cierta relación con el brutal coleccionista, ducho en mil batallas, que traía los contenidos de la muestra a la sala de exposiciones seleccionada. Su colección era tan vasta que modulaba el material según la ciudad, el público a la que se dirigía y las dimensiones y aforo del local. En este caso, el promotor local, con pocas miras, limitó las edades de los juguetes hasta finales de los años setenta del Siglo XX, centrándose en la chapa y materiales de alto nivel, como queriendo darle un barniz más cultural, más elevado. Poca visión. 

El juguete es atemporal, y cada generación selecciona sus fetiches y, no es que deseche la belleza e interés de las anteriores o posteriores, pero nada como la pieza contemporánea al momento y edad del disfrute, al tiempo y al momento de la gran vivencia.

Limitar la oferta, obviamente, limitó el público. El propietario de la colección lanzó un silencioso “grunt”, por que conocía la importancia de atraer a todos lo públicos, ya que todos son y hemos sido niños, es la magia del juego.

Nuestro merodeador siempre miraba con cariño a esos viejos y veteranísimos coleccionistas a los que invitó a un pre-estreno exclusivo de la muestra. Le gustaba compartir con ellos café, churros, conversación y escucha. Nada hay más satisfactorio para un coleccionista que narrar su colección, que ver a alguien interesado por ella, que compartir matices y datos, y él era feliz escuchando la avalancha de datos, de sabiduría y de felicidad que había dentro de esas conversaciones.

Hay un brillo especial en estos coleccionistas, pensaba, y era cierto. Su pasión los trasladaba a la niñez, al recreo, al momento de conversación con los compañeros donde contaban que tenían ya ese cromo imposible o por fin llegaba el juguete ansiado. Esa fuerza que atesoraban les empujaba a hacer muchos kilómetros, a ir de ciudad en ciudad, de feria en feria e, incluso, a tener sus propios puestos en mercadillos. “Yo tengo tres mil coches de colección”. “He conseguido tal y cual cosa”. Al final necesitamos que nos quieran y este afán de la colección va un poco de eso, ¿no? De aceptación y otras profundidades psicológicas poco interesantes.

Había conseguido algo relevante y que prometía anécdotas y colisión de galaxias, una visita privada a la exposición, previa a la apertura, de la mano del propietario, del máximo gurú de la chapa y la rueda, de la cuerda y el vinilo. Los clientes; los coleccionistas más brutales de su ciudad… algunos llenos de suspicacia, otros con ojillos envidiosos pero, en líneas generales, todos emocionados por vivir el momento.

Empezó el show. Nuestro merodeador simplemente hizo de introductor, luego después las fieras campaban a su anchas, llenos de preguntas y “ohs!” de admiración. La cosa funcionaba y el ambiente era fantástico. Algunos de los elementos mostrados eran únicos, jamás vistos. Otros tenían un sentido de vínculo con la ciudad de los asistentes, estaba todo bien trabajado, con olfato e inteligencia.

Pasó la sala de los coches, impresionante. Ese Bugatti, aquel Alfa Romeo, qué decir de ese Jaguar o del Hispano Suiza a precio de diamante surafricano. Desfilaron los “En éste color sólo hay dos” o los “con aquella figurilla no recuerdo exista a otro”.

La saliva se asomaba por la comisura de los labios de uno y otro. Nuestro protagonista estaba satisfecho, los “mayores” estaban jugando en primera división, y se veía mgnífico contemplar a gentes de sesenta o setenta felices como escolares.

Y pasó la sala de los aviones. Y la de los juegos educativos. Y llegamos a uno de los platos estrella del menú, la sala de los trenes. Impresionante modelos de máquinas e infraestructuras asomaban protegidos por vitrinas impolutas.

De repente, uno de los coleccionistas más avezados frunce el ceño, con disgusto, algo de decepción y con un creciente gesto de erudición en sus ojos, cejas y compostura. El merodeador se dio cuenta de la situación, lejos de intervenir, dio dos pasos atrás para observar el cuadro como buen voyeur juguetero.

El coleccionista comenta de repente: “Mmmmm, en este tren , un X de 1930 fabricado en tal país por la marca Y, del cual, por cierto, dispongo de la versión mate, hay un error importante”. Se hizo el silencio. El propietario lanzó de inmediato una mirada de incredulidad con gotitas de terror y un azucarillo de sed de sangre. “Obviamente” (continúa el coleccionista) “en este modelo el vagón de carbón ha sido colocado al revés, no puede tener ese tipo de disposición”.

El propietario dirigió su mirada como un relámpago al dichoso vagón, efectivamente, estaba al revés. Nuestro protagonista no pudo apenas contener la risa, el coleccionista purista y puntilloso su gesto de “el que sabe sabe” y el resto de súpercoleccionistas un “¿Cómo es posible?”.

De inmediato, el propietario, subiendo el tono de voz, lanzó la bomba: “¿Lo cambiamos?” “¡Sí, lo cambiamos!”. Súbitamente un grupo de siete venerables caballeros en edades superiores a la jubilación se encontraron levantando a pulso una enorme vitrina de un gran diorama ferroviario, ante el estupor de los encargados de la sala y el personal de atención al público. Tras dejar la cristalera en el suelo llegó el gran momento, el sumo honor de, con una sonrisa y una mirada de “vaya crack estoy hecho” darle la vuelta al vagoncillo y ponerlo como mandan  los cánones. “¡Así sí!.

Tras volver a colocar la vitrina, entre divertidas risas, un poco de resuello y alguna gotilla de sudor en la frente, el grupo de bestias del juguete siguieron el curso de la exposición, satisfechos, cogidos del hombro, como si fueran compañeros de toda la vida, sabedores de la gran aportación de valor añadido que su excelencia de conocimientos había aportado a la muestra. El merodeador iba detrás de ellos, observándoles con admiración y cariño. La azafata de la sala le miró con cara de no entender absolutamente nada de lo que había pasado que consistía en que unos niños habían jugado con un tren.

miércoles, 26 de junio de 2024

CRÓNICA RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XIX) RECADERO A SU PESAR

 














 

Las cosas tenían que ocurrir cuando tenían que ocurrir y los encargos debían tener un por qué y una razón detrás. Si a cada cosa que se le ocurría el remedio consistía en una búsqueda, compra o adquisición, íbamos por mal camino. Así que hace ya tiempo había decidido que todo lo que llegara a la colección debería tener un estricto sentido, más que nada para que al verlo cada día no apareciera en el hombro un Pepito Grillo cantarín al son de “¿para qué?”.

En esto caso todo tenía sentido y pasión empujando. Llevaba tiempo pensando en  hacer un bonito regalo a alguien que se lo merecía muy y mucho, el típico compañero de batallas y gustos, ese tipo de persona que dice la misma palabra que tú cuando ve un libro en el rastro o un tebeo en el escaparate. Así que, ni corto ni perezoso contactó con uno de sus grandes ídolos de la tinta y el acrílico, ya venerable y ultrajubilado para hacerle un encargo artístico, eso que los americanos llaman “comissión”. Había reflexionado sobre el asunto largo y tendido, porque era mucho dinero y, de hacer un encargo de este tipo, debía ser muy creativo y original para no caer en el típico asunto referente a aquel personaje o aquella portada que todos tenían en mente, lo consideraba esencial.

Además, el regalo tenía una fecha determinada detrás, ineludible, y había que ponerse en marcha. Al final, tras muchos devaneos, se encendió la bombilla de la originalidad. Un par de ilustraciones, una para el amigo y otra para su colección, de un par de personajes que dicho autor había realizado en los viejos años setenta del pasado siglo para una empresa norteamericana, algo extraño y diferencial que esperaba nunca le hubieran encargado.

Tras tantos años de peregrinar por el mundo del arte pop pudo contactar con el artista deseado, una persona humilde, sencilla, extraordinaria, bastante ajena a la veneración que congregaba ante su pincel y sus creaciones, muy típico en el país. Aquel hombre era un pensionista que se ganaba alguna perra haciendo este tipo de encarguitos aquí y allá. Accesible, respondedor y entrañable, contestó de inmediato a nuestro protagonista.

La idea consistía en esos dos personajes, cada uno mostrado en un pliego DA3, de papel de ese que quita el hipo, generoso y acabado con primor. La petición fue recibida con cierta extrañeza, ya que el maestro ilustrador estaba acostumbrado a otro tipo de peticiones. “¿Pero estás seguro que quieres ésto?”. “Voy a intentar recuperarlo, lo hice hace tanto tiempo que no se si podré solucionarlo”.

La respuesta generó algo de inquietud en el coleccionista, pero ¿qué es la vida sin riesgo?. Pasó medio mes y el veterano maestro remitió un mensajito a su esperanzado cliente. “Creo que lo he conseguido, pero te mando un par de fotos del móvil y me dices si está a tu gusto”. Su móvil y su cámara estaban en la misma línea de veteranía que su propietario, no eran de gran calidad y la resolución dejaba mucho que desear, pero ahí estaban los encargos.

Dos obras maestras, especiales, esmeradas y emocionantes. Todo lo que buscaba estaba tras el color y la tinta, toda la magia del siglo veinte y de aquellos fascinantes y críticos años setenta. “Magnífico maestro, muchas gracias”, y el coleccionista transfirió los maravedíes al creador.

“Te preparo un cilindro de cartón duro, resistente, y mañana voy a Correos a enviarlos”. Al día siguiente, el venerable anciano pintor de mil magias se fue hasta la sede de Correos de su barrio, sito en un bonito pueblecito de costa, de pequeño-mediano tamaño, un lugar lleno de encanto, con luz especial.

Los años nos estaban para muchos viajes a Correos, tras esperar un buen rato, pudo certificar el paquete, una sonrisa de paz apareció en su serena expresión, de vuelta a casa, siesta y por la tarde paseo por la playa.

El paquete no llegaba, y los nervios del coleccionista iban en aumento. No se recibía en destino, no aparecía en origen, los días pasaban, las fechas apremiaban y las obras maestras estaban en paradero desconocido.

El coleccionista llamó al maestro, el maestro no tenía ni sabía qué decir, su reputación era impecable, su responsabilidad legendaria y su trabajo ... pues se había esfumado. Puso rumbo de nuevo a la oficina de Correos, un día, otro, otro más… así hasta casi una decena, creó una auténtica senda del dibujante desde su casa a la pequeña sucursal.

El coleccionista también acudió a su sucursal de recepción, sita en una gran ciudad, llena de lío y trasiego. “No hemos recibido nada”, “No nos consta”, “Hable con el remitente”, “Que raro”…. Y las joyas perdidas en el limbo.

Llegó el día en el que debía entregar el regalo, y no pudo ser, sólo alcanzó a hacer como George Lucas con los primeros juguetes de Star Wars que no llegaron a las estanterías de las tiendas en navidad de 1977; “pronto en sus pantallas amigos”.

El sudor frío bajaba por la espalda del coleccionista. Una última intentona en su oficina. “Ese paquete ha sido devuelto”. “¿Cómo?” pensó. Pero bueno, por lo menos no había sido incinerado. En origen el ilustrador, ya agotado y casi rendido, seguía yendo a la oficina hasta que un día, finalmente, le llegó el paquete devuelto. Habían pasado casi dos meses y el universo estaba a punto de derrumbarse, ya sabemos que estas cosas, pese a ser pequeñas, son muy importantes, y ya empezaba a haber desgaste entre fan e icono.

“Lo vuelvo a mandar”, espetó con nerviosa incertidumbre. Y sí, tras otra larga espera, llegó. habían pasado tres largos meses de gestiones, caminatas y frustración, casi una estación.

Cuando el coleccionista colgó en la pared de su habitación de chucherías la brillante y excepcional ilustración, tan esperada, tan escondida y tan perdida, tan encontrada, no pudo más que emocionarse. Cuando aquella persona querida la recibió, también lo hizo. Al final, no solo tenían en sus manos obras deliciosas, además atesoraban los kilómetros que el pobre artista, arriba y abajo, había hecho por la senda del dibujante.

En origen, el viejo ilustrador, miró su móvil; “todo ok, gracias maestro, nos encantan”. Suspiró, apagó el móvil, se tumbó en el sillón orejero, saboreó la brisa marina que entraba por la ventana de la galería y pensó: “Algo he tenido que hacer mal para tener que estar pegándome estas palizas a mis años, cullons”.

 

sábado, 9 de marzo de 2024

CRÓNICA RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XVIII) EL TEBEO 1754

 














 

 

Siempre pensó que resultaba muy interesante ver el arte original de los dibujantes de tebeo, más que nada porque viendo la imperfección, las correcciones, los retoques, la aplicación de la tinta y del lápiz podría entender mejor las técnicas y estilos de los maestros que admiraba.

Nada más importante que el guión a la hora de hacer una historieta y pocas cosas más complejas que alcanzar la sencillez y la máxima expresividad con cuatro simples trazos. Admiraba a aquellos tipos que conseguían esbozar una sonrisa y transmitir una sensación aunque hubieran hecho miles de páginas y trabajado en mesas infames por un sueldo miserable en una España cateta en la que la cultura costaba menos que el papel en el que se imprimía un tebeo semanal.

Tampoco entendía muy bien las actuales cazas de brujas hacia aquellos artistas que eran hijos de su tiempo y había que leer y comprender dentro de un entorno donde África era un lugar donde se cocinaban exploradores, las damiselas eran protegidas por un esbelto espadachín o algún personaje gordito era famoso por eso, ser gordito.

Por eso le gustaban tanto estos trabajos que ahora no se entendían o se entendían mal, porque nadie se molestaba en explicarlos. Simplemente, los dueños del dogma y la razón, preferían censurarlos, denunciarlo, eliminarlos de las tiendas y ponerles etiquetas para adultos. Políticamente incorrectos hoy, depende para quien obviamente, pero alejados de la falsa moral actual pensaba. Siempre le sorprendió que los chavales pudiran atropellar ancianas en un vídeo juego pero que al bueno de Tintín, o más bien a su autor, lo tacharan de nazi. Sonrió mientras le echaba un vistazo a “Las joyas de la Castafiore”. “¡Qué mundo tan loco y tan hipócrita!”, pensó.

Llevaba tiempo detrás de un dibujo original de uno de los maestros del tebeo, especialmente de una de sus obras más políticamente incorrectas, llena de negritos, de cazadores, de cacerías y de enormes tinajas al fuego con humano en pepitoria dentro, además de algún curioso baile… y monos, unos cuántos monos, los monos nunca sobran y siempre mejoran cualquier propuesta.

Tras búsqueda y bordeando senderos extraños al final el original llegó a manos del merodeador. Era todo lo que esperaba, sencillez, imperfección, correcciones, texturas, trazo humano, papel, tintas que dicen mucho de las manos de los maestros, tan geniales en su simplicidad. Una de las cosas que siempre intentaba hacer era conseguir obtener el tebeo impreso que contenía la obra original adquirida, nada más bonito que enmarcar juntos, como en una especie de círculo cerrado mágico, el original con la impresión. Paladear ese cambio de escalado, de la loca aplicación de las pobres, escasas e inadecuadas tintas directas de las imprentas industriales de mediados del siglo XX. Un original enmarcado es algo gozoso, pensó, pero junto a la obra impresa es una lección y una historia para saber entender el trabajo de esta gente. No andaba muy desencaminado en su reflexión.

El reto del original conseguido no era menor, ya que pertenecía a una colección, la del clásico TBO con más de dos mil quinientos números editados en sus diversas generaciones, una locura en papel. El asunto era mayúsculo y el coleccionista un mal experto e impaciente conseguidor, alejado de esos doctos  eruditos que, con ciencia y sabiendo esperar, acaban consiguiendo casi todo lo que se proponen.

Pensó que no era mala idea contactar con uno de esos científicos del tebeo para que le echara una mano, que en el país alguno había. No tardó en contestarle a su petición de ayuda tebeística. La respuesta le sorprendió:

“Querido amigo, una de las cosas más bonitas de este universo de los originales de tebeo es conseguir la pieza impresa, que a veces es un trabajo ímprobo por la profusidad y complejidad de las publicaciones de nuestro país. Le invito a que investigue bien cada milímetro del original que ha conseguido, busque pistas, números o anotaciones. Puede que en alguna de esas pequeñas huellas encuentre usted el camino hacia lo que desea. Afectuosamente, el supercientífico de los tebeos”.

Nuestro protagonista, emocionado por el comentario del experto, tiró de cuenta-hilos y se trabajó afanosamente el dibujo, anverso y dorso, como si estuviera buscando en un grabado de Durero. Nada. Nada de nada. Maldijo la falta de marca y se resignó a no encontrar, en el océano editorial de la publicación, la pieza anhelada.

Búsquedas en internet, foros, viejos “pdfs”, recopilatorios, nada.

“No pasa nada”, pensó, "me gusta así", y metió la pieza en una carpeta, bien protegida, preparada para ser llevada al enmarcador la semana próxima, la actual se le había echado encima. Siempre le producía una cierta y divertida expectación el saber cómo iba a funcionar un arte enmarcado, aunque en eso innovaba poco. El enmarcado, pensaba con férrea disciplina, es algo circunstancial que no tiene que apoderarse jamás del protagonismo, por esos sus cosas siempre estaban enmarcadas igual. Aprendió esa pauta de un coleccionista de los buenos y consideraba que era una buena pauta.

El original quedó en la carpeta, Preparado para ir a quirófano. Llegó el fin de semana y, como no, nada mejor que un rastro dominical, algo escaso de delicias, pero siempre interesante para pasar el tiempo. Pasó por los puestos sin excesiva emoción y, en uno de ellos había una vieja pila de tebos ya con unas cuantas decenas de años. Entre ellos había un TBO, concretamente el 1754. Esbozó una sonrisa porque en portada, como si fuera un cartel de circo, aparecían todos los “artistas” protagonistas de las páginas, clásico truco de las editorial para atraer la atención de la chavalería en los tiempos en que estas cosas se compraban en kioskos.

Y la sonrisa respondía a que unos de los anunciados era el personaje que esa semana  había llegado “a casa” en forma original. “Qué gracia”, pensó. Pasó con displicencia las páginas, de forma muy poco profesional y, un segundo antes de devolver el viejo tebeo a la montaña, recibió un impacto súbito visual, una ráfaga de esas  que provocan un brutal sudor de manos. Era la página, en el tebeo estaba la página que buscaba. ¿Un milagro?, ¿Un mensaje divino?, ¿La lotería nacional?, ¿San Tebeo de todos los Santos?. Era algo tan imposible, tan rocambolesco que resultaba inimaginable.

Era el tebeo 1754 y ahí estaba el original impreso. Con sus colores imperfetos, con su escalado reducido, con su pátina y el amarilleo de la edad. Dejó todo, pagó y se fue a marchas forzadas a su casa. “¿Cariño, a qué no sabes lo que me ha pasado? ¡Me ha tocado la lotería de los tebeos, me ha tocado el 1754!”.

sábado, 2 de marzo de 2024

CRÓNICA RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XVII) I LOVE PEOPLE

 
















Era un lugar especial, lleno de historia, diferente, extraño, oscuro y complejo pero a la vez luminoso. Caminando por sus calles el merodeador recorría varias culturas en escasos metros. Resultaba impresionante que en cuatro sencilla avenidas se mezclaran, en tolerante maridaje, musulmanes, cristianos, budistas e hinduistas, sin problemas, con paz, con esa tranquilidad de la que carecemos en otras latitudes.

La ciudad de Galle se mostraba formidable al atardecer. El paseo por el litoral, donde aparecían las viejas construcciones coloniales holandesas, resultaba inspirador. Los novios paseaban o se daban la mano de forma castísima y protocolaria, sentados mayoritariamente en bancos orientados hacia el mar.

En los árboles podías vislumbrar unos murciélagos impresionantes, más cercanos al tamaño de Batman que a los chiquiturros murcielaguillos españoles, casi parecían perros con alas. Eso sí, la naturaleza y los árboles que les servían de aeropuerto eran tan impresionantes que parecián hechos a escala de los animales, seguramente por eso eran así. Sin duda, un mal hábitat para ser polilla.

Cuando ya la noche era profunda cierto es que las mal iluminadas calles resultaban excesivamente oscuras, mezclada la sensación con olores poco reconocibles, nuevos ruidos y personajes dignos de una novela de Salgari. Un pelín de desazón recorría la piel del transeúnte. Aunque la bondad y cariño de las gentes locales, en un segundo, borraban cualquier atisbo de miedo o inquietud, gente buena, acogedora, humilde, educada y tímida.

Pasó por un comercio muy sencillo, una especie de pequeña tienda de todo, donde podrías comprarte un refresco o un producto sencillo de limpieza. Mal iluminada con una simple bombilla, la mirada de nuestro protagonista se dirigió, de inmediato, a una preciosa pieza publicitaria de Coca Cola, en idioma cingalés. Le pareció la mezcla perfecta, Coca Cola y su sinuosa y universal marca mezclada con esos caracteres tan amables y equilibrados, parecían hechos los unos para los otros. Era de material muy pobre, pero eso no importaba, visualmente magnífica.

Se dirigió al hombre que atendía el mostrador, de unos sesenta maltratados años, ataviado con una simple prenda de un tejido que parecía muy ligero. Tras él se vislumbraba un habitáculo, sin puerta, en donde al parecer se encontraba su familia viendo un programa en una televisión imposible. El meroderador quería adquirir la pieza Coca Cola.

No era fácil hacerse entender, por dos razones. No existía un idioma común y la petición resultaba estrafalaria. “Estoy interesado en comprarle esa placa”. Obviamente el hombre sacó una Coca Cola de debajo del mostrador. “No, la placa”. Sacó una Fanta. "No, no, me interesa la placa de publicidad".

Empezó a atisbar cierta cara de impaciencia en el buen tendero. Un nerviosismo que nace de la humildad, de la educación y de no poder entender al interesado europeo. Tal fue así que pasó al habitáculo interior y salió del mismo junto con una jovencita quinceañera, risueña y sorprendida de que su padre la sacara del telefim nocturno. La chica sabía un poco de inglés y entendió la petición, no sin realizar un divertido gesto de extrañeza y lanzar una confusa mirada hacia el visitante.

Transmitió al padre la petición. Intercambiaron unas palabras entre ellos, no discutiendo pero sí dentro de una ya muy divertida situación. El hombre miró al visitante como pensando “están locos estos extranjeros”.

La jovencita volvió a preguntar si lo que queríamos efectivamente era la placa de Coca Cola. Ya más relajado el merodeador vió que habían entendido su oferta,

El hombre salió de la trastienda con un destornillador, se subió a una banqueta, descolgó la polvorienta pieza publicitaria y se la entregó al cliente.

“Dígame cuánto le debo”. El hombre miró a su hija y ella le transmitió en su idioma, la pregunta.  Negó con la cabeza, sonrió y le dijo a su hija una palabra. “Nada”, tradujo la jovencita.

No podía consentir algo así el buscador de tesoros e insistió vehementemente ante la joven para que admitiera un pago por la bonita placa. No hubo manera, resultaba imposible.

El hombre se volvió hacia el extranjero y le dijo la siguiente frase: “I love people”. El cliente, estupefacto ante semejante rotundidad y actitud, tan lejana de la sociedad capitalista e interesada de donde venía, no pudo menos que sonreír. Se contagió esa sonrisa, casi una risa. El vendedor, visiblemente contento, le dio la mano al comprador y se retiró a la trastienda.

Se quedó solo con la jovencita ante la que insistió “quiero pagar la placa”. Ella se negó con una mirada que decía “no insista, es imposible, dejémoslo ahí, no me meta en más líos”.

En situaciones así siempre intentaba rescatar del zurrón una solución creativa que, además, no fuera ni incómoda ni inadecuada.

“Bueno, pues visto los visto, querré dos Fantas frías” La joven no tardó en sacar dos anaranjadas botellas de debajo del mostrador y entregárselas al visitante. Éste fue a pagarle y le entrego un fajo de billetes, unos cuarenta euros al cambio, una fortuna para aquellos comerciantes, un vermut para aquel visitante. La joven lo miró extrañada.

“Muchas gracias, quédate con el cambio y da las gracias de nuevo al señor”

Se marchó rápido de la tienda antes de que volviera a salir el propietario que, sin ninguna duda, le habría devuelto todo el dinero excepto el coste de esas dos refrescantes Fantas.

lunes, 26 de febrero de 2024

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XVI) COMPRA FANTASMAL

 













 

 

La búsqueda, esa gloriosa epopeya que cuando acaba se olvida tan pronto como cuando empieza la nueva aventura. Las estanterías y las paredes estaban llenas de búsquedas que en su momento fueron gloriosas pero que perdieron brillo una vez puestas en la escrupulosa disposición de firmes, junto a otras, en una especie de mausoleo de emociones que, de vez en cuando se toca para recoger la energía que proyecta.

Todas éstas elevadas reflexiones bullían en la cabeza de nuestro merodeador. Los años le habían otorgado la serenidad y templanza tan necesarias para equilibrar el arrebato y la loca pasión de lanzarse, machete en boca, a por la presa que se escapa. Y se escapaban, es lo natural, sino vaya birria de caza, muchas veces por razones de mercado, otras por no haber estado rápido con la mirilla y las menos por la falta de entendimiento entre las partes.

La mano izquierda habitual utilizada en los viajes por la sabana africana mostraba esa vieja educación de colegio de curas y padres mirados y no dejaba de abrir puertas y crear vínculos, aunque no fueran de rendimiento a corto plazo. Muchas veces casi le merecía la pena más la persona detrás del artículo que la propia presa. En otros casos era cuestión de agarrar la ganancia y salir por piernas.

La cosa iba de fantasmas, y de los buenos. Maravilloso el universo de estas presencias etéreas y amistosas, casi graciosas. Los fantasmas nunca fueron los que más miedo dieron, exceptuando ese Marley dickensiano que caray, deja huella. Los hombres lobo fascinantes, los vampiros de vieja escuela, nada como una monia decente o un monstruo de Frankenstein karloffiano, ahí había pavor.

Pues eso, fantasmas de los que valen la pena. Tras mucho tiempo buscando por tierra, mas y aire, tocó la tecla adecuada en el inmenso océano de la red, y allí, en una lejana ciudad y a la venta por una loca cantidad de maravedíes, estaban los fantasmas, los perfectos.

Ya se sabe que contra el vicio de pedir existe la gran virtud de no dar, pero no era el caso, simplemente consistía en no dar la insólita cantidad que requería el vendedor de espíritus. Con la elegancia habitual y un mensaje afable y cariñoso, de esos que pretenden generar confianza y mostrar, a través de la fría línea, algo de de humanidad y buena reputación, lanzó una oferta jugosa, apetecible, se diría que incluso pelín  alocada, atrayendo la atención de vendedor, pero intentando ser cuidadoso con los exíguos ahorros reservados para búsquedas fantasmales o de otro tipo de monstruos.

No le había pasado nunca y quizás por eso le pilló por sorpresa la reacción del vendedor de fantasmas.

“Odio el regateo, no lo entiendo, me parece una falta de respeto. No entiendo como puede tener la osadía de regatear con algo así”.

El merodeador quedó pelín paralizado antes la bravucona reacción del vendedor de fantasmas. “Tengo que contestar con sabiduría”, pensó nuestro protagonista.

“Disculpe si le he molestado”, anticipó allanando camino, “como he visto que en la plataforma se admiten ofertas, y es la cultura de este tipo de gestiones mercantiles, le he ofrecido una cantidad que pensaba podía ser conveniente, pero si no le satisface, siento haberle molestado y mil gracias por la rápida respuesta”.

El vendedor de fantasmas siguió mostrando su indignación. “Me parece indignante que se regatee por el arte, por algo que es único e irrepetible, de hecho, creo que me arrepiento de la venta de este fantasma. Aunque necesito el dinero y vivo en una situación complicada, retiro inmediatamente mi fantasma de la venta”.

El estupor, además de la frustración, se adueñó del merodeador de simpáticos fantasmas. “Vaya, no sabe cuánto lo siento, espero que todo vaya bien, un saludo”.

Pasaron los meses. No se olvidaba del fantasma que ya había sido retirado de la plataforma, debía volver a estar en las bodegas del castillo, triste y grisáceo, probó suerte de nuevo.

“Buenas tardes, soy el del fantasma, estaría interesado en que llegáramos a un acuerdo?”

“Estoy enfermo, no puedo vender nada”.

Meses después. “¿Cómo se encuentra, estaría interesado en venderme el fantasma?”

“Lejos de vender fantasmas, y aunque la ruina me rodea, quiero conservarlos todos, de hecho he adquirido monstruos, brujas y enanos, no me interesa”.

Meses después: “Estimado amigo, sigo recordando su fantasma, ¿ha cambiado de opinión?

“Las situaciones cambian, escríbame cuando lo desee, pero no vendo mi fantasma”.

“Le entiendo perfectamente, no le molestaré más”.

“No me molesta, yo también hago lo que quiero con mis fantasmas”.

“No le entiendo caballero, hablo simplemente de una transacción, si no hay acuerdo no lo hay, no tiene sentido seguir con esta conversación”.

“Gracias, yo sigo intentando recuperarme de mis problemas, hay incertidumbre, no se que va a pasar, estoy aprovechando para acabar unos estudios sobre filología fantasmal, cuatro idiomas y arte sacro, siempre en la ruina, pero rodeado de fantasmas”.

Nuestro merodeador favorito no salía de su asombro.

Pasaron un par de años y se decidió a contactar con el vendedor de fantasmas.

“¿Me recuerda?, estaba interesado en su fantasma"

“Sí, pero estoy más interesado en comprar fantasmas que en vender los que tengo. Tengo dos como el que usted desea, pero aunque están en las mazmorras, polvorientos, olvidados, deseo conservarlos. Pero puede escribirme cuando quiera”.

Cerró el correo electrónico, mareado, y se dispuso a tirar a la basura todos los correos fantasmales, aunque antes de hacerlo, se rascó la cabeza y pensó, "bueno, en un par de años lo intentaré de nuevo por que en ese castillo, me parece a mi, hace falta un poco de cariño fantasmal y tampoco esas pobres almas en vilo merecen un eternidad en la oscuridad".

 

jueves, 28 de diciembre de 2023

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XV) ME PONGA UNA MATRÍCULA

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nada mejor que pasar desapercibido allá donde uno vaya y esa era una de las máximas de nuestro merodeador. Años de aviones y de visitas de pueblos y ciudades le habían enseñado que no hay nada mejor que ser uno más para poder descubrir las verdades de las gentes y espacios que iba conociendo, de esa manera aprender más, conocer mejor y disfrutar exponencialmente.

Muchas veces, según su experiencia, no era tanto la diferencia entre culturas sino la que encontraba, dentro de un mismo país, entre las zonas interiores rurales y las ciudades. Las grandes urbes tienden, con las excepciones obvias, a parecerse más unas a otras, por desgracia. Las franquicias, los deleznables Starbucks, las pésimas hamburgueserías son un cáncer imparable para personas como nuestro curioso andarín, y cada día y cada viaje se los iba encontrando en los mejores locales, fueran edificios históricos o no. Un Zara, un McDonalds, un Starbucks y un Ale Hop! con la vaca, la plaga comercial del presente.

Caso aparte le merecen los comercios locales, hervidero de artesanos y sabios personajes, cada vez más escasos y más valiosos, animales de la elaboración en clara fase de extinción. Nada como un buen panadero, un electricista de la vieja escuela o un vendedor de piecerío de automóvil, que, además, lleva siempre incorporado un agradable olor a aceite de lata.

Llevaba tiempo con el coche de aquí para allá por pequeñas ciudades y pueblos del interior de Portugal, disfrutando de comercios soberanos, excelente comida y esos oasis de la sabiduría que son las tiendas artesanas que hacen cosas que ya no se encuentran. Precisamente en ese tipo de comercios no entienden bien el gran aprecio que tenía nuestro protagonista a su buen hacer y recibían, en algunos casos, con cierta indiferencia o extraña preocupación su actitud emocionada en exceso ante un quehacer que ellos entiende como rutinario y normal.

La ciudad era pequeñita, muy provinciana, muy bonita y elegantemente tranquila. La tienda que atisbó era una mezcla entre repuestos de automóvil y placas de señalética para profesionales, de esas que se ponen, o se ponían, en los portales. Inmediatamente accedió al local donde un mujer de mediana edad, con semblante de andar ciertamente ocupada, miraba por encima del hombro del cliente local que le pedía algo esperable y adecuado en relación a sus soluciones a la venta. Pero por detrás de ese hombro conocido andaba un tipo que, además de desconocido, olisqueaba las para él curiosas propuestas, para ella material vulgar diario.

Esa actitud le provocó a la vendedora una mezcla de curiosidad e incomodidad, hasta de cierta nerviosa impertinencia ante la atención hacia unos productos que ella consideraba materiales de utilidad, eficaces, de consumo, punto.

El merodeador atisbó una maravillosa máquina manual de hacer matrículas, de las de la vieja escuela, con un buen grosor en el relieve y chapa de las que gustan en todas partes. Era lo que andaba buscando, hacerse una chapa para su garaje personal, comprada en aquel lugar lleno de magia, de verdad y de desconfianza.

Llegó su turno y la mirada de la vendedora se enmarco en la exigencia, el idioma tampoco iba a jugar a favor de nuestro amigo, nada de inglés bisagra, el autóctono y rapidito.

“Me gustaría una chapa de matrícula”.

¿Una chapa de matrícula? Pensó la vendedora …. ¿Pero este tipo está mal de la cabeza? ¿Para que quiere un forastero una chapa de matrícula? ¿un falsificador? ¿será un loco o simplemente está de chanza con servidora?. Su mirada decía eso y más.

“Quiero una chapa de matrícula que ponga GARAGEM”

¿Cómo? Pensó la vendedora. Las chapas de matrícula son para poner matrículas, números de vehículos y sustituir las deterioradas, pero ahora este tipo me pide una chapa que ponga garagem.

“Es que he visto que en muchos garajes del país los propietarios se ponen estas bonitas chapas en la puerta de sus aparcamientos”.

La vendedora miró a la mujer que acompañaba a nuestro merodeador, como diciendo “¿usted entiende algo?” y la compañera de éste, ya acostumbrada a peticiones chocantes en lugares inadecuados le contestó con una mirada de esas que dicen “hazle la placa y no le des más vueltas.

“¿Para que quiere la chapa?”

“Para mi colección”.

Los ojos de la vendedora se abrieron expresando un gesto entre el horror, la repulsa, la condescendencia y el estupor.

“Son diez euros, eso sí, pague por adelantado. Deme diez minutos”.

Nuestro protagonista observaba a la vendedora realizando la matrícula, emocionado, ella, de reojo, no perdía de vista al cliente y seguía buscando explicaciones donde no las había. Acabó su trabajo, envolvió la bonita matrícula en un viejo papel de estraza y la entregó con frialdad. El merodeador salió feliz de nuevo a la helada calle portuguesa mientras la comerciante se quedaba cuchicheando con nuevos clientes y compartiendo, seguramente, con ellos una expresión de estas características: “hay gente para todo”.


sábado, 23 de septiembre de 2023

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XIV) MÁS HELICÓPTEROS CAÍDOS QUE EN VIETNAM

 











Lo había visto en unos anuncios de televisión y la pinta era inmejorable, tanto en diseño, sonido como grandísimo complemento para el juego personal. Madelman sabía muy bien lo que hacía y recibía un premio tras otro por la calidad de sus complementos, pero aquel helicóptero era algo fuera de lo común, una pieza espléndida la miraras por donde quisieras.

Fue un petición expresa a los jefes de la casa, la hizo con ese egoísmo y ceguera que se tiene de chaval cuando sólo piensas en el juego, la diversión y tus únicas preocupaciones son algún que otro examen, pero desde luego no pensaba si la familia disponía de efectivo para sus caprichos. Pero aún eran buenos tiempos en aquella casa y el regalo, finalmente, llegó a manos de nuestro merodeador.

La caja ya lo decía todo, bellísima con una excelente ilustración evocadora, delicada en diseño como pocos juguetes españoles de aquella época, hablábamos de lo mejor que podías encontrar por entonces. Sacó el helicóptero, de un color amarillo “civil” inmejorable, con todos los detalles, como bidones de combustible, calidad en cada pieza y esa bomba creativa que era el gatillo. Cogió con naturalidad la nave metió dentro un Madelman inadecuado, le dio al gatillo y empezó a sobrevolar pasillos, cuartos y cocina, metiendo el ojo detrás de la cabina y cerrando el otro para trabajar bien el efecto perspectiva y hacer unos buenos giros imposibles en la realidad. Si a ello sumabas el excelente sonido que producía, la experiencia de juego la valoraba en sensacional.

Amaba aquel objeto, lo cuidaba y dejaba en su caja original entre vuelo y vuelo. Una caja amplia y gozosa que permitía dejar dentro otros madelmanes, algún complemento y piecerío vario. Las piezas de estos juguetitos eran oro y las cuidaba con esmero, eran pequeñas y muy bien moldeadas, perder una siempre era un gran disgusto, pero ocurría, como ocurría con las roturas de articulaciones de los maniquíes, casi le dolían más que al propio juguete.

Y llegó la mudanza en aquel año inolvidable. Estaba muy ilusionado por la nueva casa ya que podría disponer de un cuarto para él solo y, aunque la compañía del hermano era maravillosa, los años pasaban y ya era tiempo de territorios privados. Preparó bien los materiales que cuidaba con esmero ante un cambio de vivienda que, en aquellos tiempos en lo que todo es enorme, se antojaba complicadísimo y lejanísimo, cuando en realidad no lo era, pero para él, tan metido en su barrio y sus amigos, aquel nuevo destino sonaba a las Antípodas. Papeles de periódico para envolver materiales, y ninguna duda ante las cajas conservadas de los juguetes más queridos, nada podía fallar.

Pero falló. La magnífica nave, junto a otras delicias, como el precioso jeep safari, el Corsario en su caja, con su cañón, balas, loro y parche, naufragaron en el camión de la mudanza, o más bien fueron donados a silenciosos beneficiados que nunca levantarían la voz en el futuro. El dolor de aquel chaval ante la pérdida de materiales a los que tanto valor daba es algo que no podía ni sabía explicar a los demás. Ya no era un niño, o casi, o sí, pero quería a sus viejos cacharros, era un poco urraca, como lo son algunos de los coleccionistas que conocería más adelante, pero ni recibió explicaciones ni consiguió nada por mucha pataleta que montara. Y aquel helicóptero fue a pique derribado por una madre especialista en destrucción patrimonial, una característica muy extendida entre el colectivo, tan pragmático y eficaz, como es el maternal.

Son cosas que pasan y la vida siguió adelante, eso sí, sin vuelos a ojo guiñado. Tampoco quedó un solo Madelman para pilotar la nave, siniestro total.

Muchos años después, nuestro merodeador encontró un Madelman en un mercadillo y eso promovió que recuperara algunos de ellos, no los que compartieron sus aventuras, pero sí unos primos hermanos muy majos, todo llega, y aunque él sabía que la nostalgia es ese dolor que te punza cuando pretendes encontrarte con momentos que no volverán, continuó recibiendo puñaladas de placer y dolor siempre que podía.

Ya mayor, por carambolas de la vida y, estando en casa de la familia, de la que ya hace más de veinte años había partido en vuelo sin motor singular, le ocurrió algo curioso. Un vecino tiraba sus juguetes, otra madre pragmática derribaba aviones, hundía barcos y dinamitaba trenes, pero eran ajenos. Entre el material enviado al contenedor relumbró un estallido amarillo, era él, era un helicóptero Madelman amarillo.

Eso no fue una punzada nostálgica para nuestro protagonista, fue una puñalada que le atravesó la caja torácica, pero con un curare impregnado de alegría. Recogió la nave maravillosa y se la llevó al hangar familiar, radiante de alegría. La dejó en casa de los padres, en esos momentos no podía llevárselo consigo, cogió el coche y, con una sonrisa en la boca salió a su domicilio, sabiendo que iba a incorporar aquella pieza soñada a su humilde pero querida colección.

Pasados unos días cogió un par de bolsas para ir a por su deseado objeto que se iba a venir a la guarida junto con un par de objetos más, aparcó su coche, entró en la casa paterna y presto subió los peldaños a por el paradigma de los juguetes setenteros. Se encontró con su madre y se saludaron con afecto y alegría, preguntó por su objeto y, sí, lo había hecho, había derribado de nuevo su helicóptero amarillo, ametrallado, destrozado por mil obuses y, enviado a un contenedor de basuras, ya andaría triturado en alguna montaña de desechos. El estupor y el semblante lo decían todo, en silencio se dio media vuelta, dejó las bolsas de plástico y se fue por donde vino.

domingo, 9 de julio de 2023

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XIII) ATRACO A LA DE TRES

 















 

Una mañana de rastro dominguero como otra cualquiera. Los puestos se apelotonaban unos tras otros y los saludos de camaradería se sucedían, alguno con más o menos afectuosidad, siempre hay filias y fobias en estos microuniversos de pícaros. En aquel tiempo no existían móviles, ni subastas online ni jarandazas por el estilo y el conocimiento tenía mucho más valor que en tiempos actuales en los que, con un simple clic, se puede acceder a casi todo, aunque sea mentira.

Paseaba nuestro protagonista entre los puestos con el radar afinado al máximo y sabedor de que los grandes especialistas ya habían filtrado todas las delicias. Casi al final del recorrido saludó a un vendedor habitual y cual fue su sorpresa al ver una ingente montaña de material de Geyperman, Madelman y Mego, algo muy extraño en este tipo de mercadillos. Un totum revolutum, sin sentido ni concierto, una venta en lote a un precio módico. Sacó la cartera y, sin apenas negociar, todo a una bolsa del Sabeco y a casa.

“¿De dónde habrá salido todo esto?” se preguntó. Todo merodeador que se precie debe encontrarle a los tesoros, además de su obvio valor crematístico, una historia o relato adjunto que le otorgue a las piezas ese sazonamiento romántico que todavía las hace más interesantes. “En una buhardilla de un edificio que van a derribar, en tal calle” contestó el chamarilero con desgana. La cara de nuestro buscador se iluminó con un gesto de franca curiosidad y siguió tirando de la lengua. “Hemos ido a vaciar la casa, que debía ser de gente de perras, y en la buhardilla encontramos esto, pero vamos, hemos dejado casi todo allí”. La cara pasó de iluminada a inflamada y, tras conseguir la dirección del inmueble, empezó a pergeñar un acción de comando en su mente calenturienta.

El edificio estaba en una zona de la ciudad otrora de claro tono industrial y el inmueble a derribar en cuestión era, claramente, la casa de la familia propietaria de una de las empresas ya cerradas. La cosa pintaba deliciosa. Una robusta y decimonónica puerta de madera se presentaba como la única frontera entre la cueva de Aladino y la aventura más preciada.

Había que montar un equipo a lo “comando británico” y nada mejor para ello que dos compañeros merodeadores de los que son capaces de abordar una misión así de ridícula. Tras un estudio proceloso de la puerta y ver que la cerradura había sido renovada por otra nueva, instalada por el nuevo propietario del inmueble, los ceños se fruncieron, la actuación se tornaba compleja, pero uno de los comandos soltó la palabra mágica, “ácido”.

Bueno, disponían de el lugar, tenían la ganzúa ácida, tenían el transporte para escapar tras vaciar la escondida y oscura cueva de tesoros, tenían el valor y el hambre, y quizás portaban un exceso de romanticismo y una enorme falta de inteligencia. Vamos, hablamos de una patrulla condenada.

Aparcaron como Landa en aquella gran película de Forqué “Atraco a las tres”, en una esquina aledaña. Noche cerrada y avenida desierta. No hay nada más ridículo que un grupo de honestos y comedidos ciudadanos intentando hacer algo que consideran prohibido y que, para el más tirado de los delincuentes resultaría patético y digno de mofa y escarnio.

Salieron dos de los comandos a realizar la acción corrosiva pero volvieron inmediatamente a su coche de rateros, un vehículo de policía pasó en ese momento por la calle… ¿Los habrían detectado? Por supuesto que no, ¿Cómo se va a detectar algo tan estúpido?. La poli pasó rauda hacia menesteres más dignos y los Fantomas calzoncilleros se acercaron a la puerta. Probaron lo del ácido y resulto un auténtico fiasco, ni supieron insértalo en la cerradura, ni avanzaron un solo milímetro en cualquiera de las direcciones que podrían ser útiles, las miradas entre ellos saltaban entre el nerviosisimo, el cachondeo y el desastre. En la pelis y en las series de televisión las cosas suelen ser más divertidas y románticas, en el mundo de verdad todas ellas se convierten en humillantes realidades.

Tras intentos dispares, perjudicar gravemente la cerradura, sudar como ratas y lanzar más de un suspiro de frustración, el miserable equipo expedicionario retornó a su vehículo de fuga y volvió a cada uno de sus hogares  entre claras muestras de “no estamos hechos para estas cosas”.

El merodeador, días más tarde, se acercó al lugar del delito, un par de veces, y miró el edificio que se erigía desafiante, férreo, cerrado como una caja fuerte, sólido como el hormigón nazi, ahí poca había que hacer. El promotor ya había puesto un cartel sobre el próximo derribo, la cosa se ponía fea.

Bueno, se dijo a sí mismo, iremos por el camino directo. Al llegar a su domicilio llamó al teléfono de la promotora a ver si, por casualidad, era posible visitar el edificio, habría que inventarse algún tipo de recurso como el diseño, la arquitectura o la estructura metálica de la construcción, cualquier excusa era buena para acceder a ese altillo. Finalmente se obró el milagro. El grupo comando, ya desenmascarado y con ropa de a pié, no a lo David Niven, concertó una visita con el propietario del inmueble que bien poco entendía de esa cita extraña.

Ya en el portal el promotor sacó las llaves para abrir la cerradura. Tras unas cuantas maldiciones por lo bajini sobre lo mal que funcionaba la misma (si él supiera) pudieron abrir el edificio. Bueno allí estaba el objetivo, conseguido. Subieron atropellados por las escaleras hasta el piso superior. El edificio rezumaba periodo industrial y trasladaba un profundo sentimiento de melancolía y tristeza, merecía más la vieja casona que ser derribada sin piedad. Pero no hay escrúpulos ni miramientos con el metro cuadrado en la ciudad, nadie rompe una lanza por estas estructuras, el dinero manda.

Llegaron al altillo. Era cierto, era la cueva de Aladino. Un enorme lío de armarios y estancias completamente desordenadas camuflaban lo que había sido el paraíso de niños bien con todos los juguetes y recursos del mundo. Algún viejo Madelman, piezas Mego, todo tipo de juguetes, un tanque Escorpión de Geyperman, múltiples dioramas de la Familia Hogarín, decenas de piezas e ítems. Sin apenas tiempo para nada, rodeados de polvo y adrenalina, los integrantes del comando llenaron varias bolsas de todo tipo de materiales, valiosos o no y salieron como alma lleva el diablo temerosos, pobres diablos, de que alguien los reconociera por la noche pasada.

Lo mejor era reunirse en casa de uno de ellos y, en un amplio espacio en el suelo, desplegar todas las presas para hacer un reparto equitativo. Era como “El gran robo del tren” pero, en este caso, con un compendio de juguetes destartalados pero emocionantes. Con camaradería y emoción repartieron el botín, luego cada uno desapareció por donde había venido. No era un gran botín, ni tan siquiera había sido un digno atraco, resultaba en una patética aventura que los dejó a todos con una sonrisa en la cara. 

Años más tarde el merodeador pasó delante de donde estaba el viejo caserón. En su lugar se mostraba un frío, impersonal y mediocre edificio de viviendas con una cutre y hortera cafetería en los bajos. Nada quedaba del ladrillo industrial, de los herrajes, del bajo tejado y de aquella aventura. Lo miró con melancolía, no sólo por aquella antigua chapuza que había vivido muchos años antes sino, también, porque aquel comando tan desastroso nunca volvió ni volvería a entrar en acción. Llegó a la esquina y, cruzando la avenida, tomó camino hacia su casa.

viernes, 23 de junio de 2023

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XII) EN RECUERDO DE LA VIEJA JUGUETERÍA

 
















Era una de las plazas más bonitas de la ciudad y había surgido de una estructura antigua, gótica, que retrotraía a tiempos en los que las edificaciones crecían de manera orgánica y desorganizada produciendo esquinas imposibles, callejones nunca proyectados, arbolado de grandes dimensiones atosigado por el cerco de construcciones y un precioso racimo de comercios llenos de emociones y sabor.

La ciudad se lanzaba imponente hacia un nuevo tiempo de descubrimiento que había convertido la vieja plaza, antes oscura y llena de matices en un lugar de claro atractivo para visitantes y curiosos. La veterana churrería de aquel hombre simpático y trabajador llegado desde Murcia había cerrado la persiana hace unos meses, también la fascinante tienda de carnaval, llena de disfraces, máscaras, bromas desternillantes y vitrinas únicas. Tampoco ya quedaba rastro de la transgresora y siempre alternativa tienda de tebeos, donde alguno de los mejores creadores underground habían pasado, entre chispeantes caladas de productos alucinógenos, tardes y tardes de conversación con clientes y vecinos. La otrora pequeña colección de puestos de artistas plásticos que alternaba talentosos creadores con soñadores gastadores de óleo mutaba en un impersonal mercadillo para guiris.

Las cosas estaban cambiando y nuestro merodeador asistía a como, todo aquel mundo, tan inspirador, iba desapareciendo entres sus manos, como la arena fina de la Costa Dorada.

Cuando caía la tarde aún se respiraba algo de magia, una antigua cuchillería en un espacio cercano, gestionada por una familia de espíritu germánico y sabio, le daba a la zona una enorme categoría cultural y comercial, mostrando a todos la belleza de un escaparate, la sabiduría de saber colocar tijeras, navajas o simple cuchillería, la eficacia de un buen y elegante display publicitario o lo bien que luce el acero sobre un fondo crema de seda poniendo en valor el trabajo artesano. Las galerías que nacían de uno de los laterales de dicho comercio soberano, avenida chic de tiendas variopintas, sólo para gente de buena cartera, era ahora una especie de carnaval de baratijas, consumo de medio pelo, tatuadores y Harry Potters para la chiquillería.

Pero nuestro caminante pensaba, “siempre quedará la juguetería” y, con ganas de disfrutar de aquel momento tan único, dirigió sus pasos hasta la parte opuesta de la plaza. Allí seguía, donde siempre, como hace cien años. Escaparates compartimentados con fría luz de fluorescente, tematizados como Dios manda, con preciosos cristales en la zona elevada que indicaban, con coloridos dibujos, las maravillas que podías encontrar en cada ventanal. Juguetes de playa, los típicos de kiosko, los destinados a las familias opulentas, el toque coleccionista, indios, vaqueros, soldados, pistolas, pelotas y trompetas.

El color de la carpintería, de un aguamarina delicioso, le daba un toque fresco, divertido y valiente. Algunos de los vidrios todavía gozaban de la imperfección del soplado a mano. La tipografía de los rótulos, sobre cristal y pintados a pincel pedían ir directamente a un museo como símbolo de los tiempos en los que las cosas se hacían con amor, calidad y arte. Ahora, pensaba, son tiempos de plotter barato, de cartón pluma y usar y tirar. Antes un rótulo era para toda la vida y se encargaba a un señor que se llamaba rotulista que, sobre madera, cristal o lo que fuera menester, desplegaba su magia.

Embelesado por la belleza de un comercio que amaba, una vez más, cruzó el umbral de la puerta y pudo pisar las divinas baldosas hidráulicas, ver esas estantería enormes, poderosas, llenas de juguetes, cientos de juguetes. Admirar los mostradores, de soberbia carpintería, que transparentaban la magia y el desgaste de haber envuelto millones de paquetes para el día de Reyes y los cumpleaños de miles de niños de todas las épocas.

Las esquinas seguían llenas de triciclos, osos de peluche, juguetes de playa, algún divertimento contemporáneo con cajas que no correspondían a un paisaje tan encantador. Era una maravilla poder ver esas cajoneras donde aún quedaban, algo olvidadas, colecciones de objetos, como canicas, pequeños sacapuntas o sencillos juguetes que ahora ya nadie solicitaba.

El visitante saludó, como siempre, a los dueños. “Cerramos” dijo con una mueca la hija mayor del veterano clan juguetero. Una puñalada trapera sintió el merodeador en su estómago, porque sabía que era la última vez que disfrutaba de esa maravillosa sensación comercial. Compartieron buena conversación, llena de bonitos recuerdos, verbalizando el clásico “cómo ha cambiado todo, los chavales ya no juegan con estas cosas”. 

Mientras hablaban nuestro protagonista pensó; “quiero tener mi último juguete, el recuerdo único de este lugar tan maravilloso”. Sacó un billete de mediano porte y, con una sonrisa en la boca, le solicitó al patriarca: “Con este dinero elija usted un juguete de la tienda, de los viejos, pequeño, de los que ya nadie compra, no me diga que juguete es, envuélvalo y cóbrese, nunca lo abriré".

Con risas y sorpresa por parte de todos, así se realizó la ceremonia. El veterano comerciante entregó el juguete secreto al merodeador que, agradecido, saludó efusivamente a todos y cada uno de los queridos empleados en agridulce despedida.

Pasó un año y regresó a la ciudad, a la plaza y a la esquina. Nada quedaba de la juguetería, de las cristaleras ni de las vitrinas. Nada quedaba del suelo hidráulico, de las molduras y de la luz. Nada quedaba de los triciclos, de las gentes ni de los rótulos. En el local se presentaba un bar de “pintxos y tapas” para guiris, de esos a lo que los españoles no vamos nunca, más que nada porque las croquetas nos gustan recién hechas y el calamar rusiente. Y entró, y pidió un “pintxo” que resultó frío y seco, y miró hacia arriba, a los lados y a la barra, y pensó “lo que se van a perder nuestros hijos y nuestros nietos”. Se levantó de la impersonal mesa de la franquicia de tapas funestas y atravesó la puerta sabiendo que una vieja sensación se había muerto y, convencido de que jamás volvería a ese local, se fue calle arriba sin mirar atrás.




lunes, 19 de junio de 2023

CRÓNICAS RIDÍCULAS DE UN MERODEADOR (XI) ROBOT PERDIDO EN UN CENTRO COMERCIAL

 
















Las grandes ciudades, ya se sabe, te chupan la sangre pero te dan la vida. En ellas ocurre de todo, son sufridas de patear y vivir pero inspiran y te ponen, delante de tus ojos, experiencias divertidas y fascinantes. También ridículas como son costumbre en muestro merodeador.

Visitaba constantemente todas las tiendas con sabor cada vez que pisaba la ciudad, de hecho los comerciantes lo reconocían como aquel tipo fantasmal que, de vez en cuando, pedía cosas raras. Pero bueno, las tiendas de tebeos, coleccionismo juguetero, elementos pop o antigüedades tampoco es que estén habitadas por serviciales camaradas del bien quedar y la sonrisa permanente. Si algunos son fantasmales son ellos, pensaba para él. Pero bueno, dentro de ese grupo bizarro, de mirada taciturna, con cierto tufillo a habitación cerrada y vida solitaria, se encontraba algún profesional pelín más comercial que, tras mucho esfuerzo, saludaba y sonreía, ¡Albricias!.

Y eso que eran muchos años soltando algún que otro billete, llevándose alguna que otra chuchería y viviendo algún que otro momento sublime entre peseterillos y roñosetes tenderos.

Venir de provincias hacía que casi nunca se enterara de lo que pasaba en la metrópoli. Siempre llegaba tarde a las firmas de tebeos, a las presentaciones de cosas interesantes o al encuentro con alguno de sus maestros de referencia. Muchas veces los acontecimientos de producían por casualidad, denominémoslos encontronazos. Tal era así que había cierta jocosidad entre alguno de los comerciantes con el despistado cliente… “te lo has perdido”… “estuvo tal”… “vino cual”…. ¿No tienes el último tebeo de tal?, pues la semana pasada estuvo firmando, regalando besos y cenando con el fan más afortunado”…. Vamos, mofa permanente. Muchas veces se sentía pelín Alfredo Landa, pero a mucha honra.

Y es que el coleccionista aficionado de nuestros relatos llevaba, en su día a día,  cierto ajetreo vital. Paladeaba estas visitas y estos viajes más como una evasión y un cambio de chip que como una atosigante agenda de eventos con celebridades de menor o mayor calado. ¿Dolía haberse perdido alguna delicatessen? Sin duda… pero bueno, la soberbia ciudad ofrecía tantas noticias, tantas posibilidades y tantos objetos que pronto esa frustración se disolvía cual azucarillo.

Pero ese día la cosa dolió.

El veterano vendedor de libros y tebeos de colección saludó al merodeador como era habitual. Le caía simpático pero como no era de cartera generosa las salutaciones se quedaban en correctas. No pudo evitar sacar la hipodérmica del dolor con un mensaje de esos que producen moratón “¿Cómo no has venido esta mañana?”….. mmmmm….. “¿Por?.... “Hemos tenido a Kenny Baker en la tienda, muy agradable, hemos departido, disfrutado, ha firmado, una excelente experiencia. No siempre tiene uno a R2D2 a su lado, gran tipo”.

La cara del merodeador fue una mezcla de ira furibunda y tontería del bote, de esa profunda a lo Lina Morgan. Un tipo de Star Wars se le había escapado por entre los dedos, es pequeño el Sr. Baker y se había escurrido como una lagartija. El británico formaba parte de la historia del cine fantástico con presencia en Flash Gordon, Willow, Amadeus, Labyrinth, El Hombre Elefante y en gran parte de la saga de la Guerra de las Galaxias con el amigo dorado Daniels a su lado. ¡Cachis!

Una luz de esperanza (debió ser The Force) surgió por una vez de la garganta del tendero despiadado. “Creo que esta tarde firma en el Centro Comercial Nosecuantos”. Poco más que escuchar y decir, tirando de metros y del Concorde si fuera menester para ir al otro extremo de la ciudad o del mundo para encontrarse con Baker.

No estaba cerca el dichoso lugar, que resultó ser enorme, mastodóntico, inabarcable, agotador. Una granizado de café insufló energía a nuestra aventurero de las experiencias robóticas pero la inexistente información sobre la presencia de KB y la falta de tiendas del ramo en un portaaviones lleno de Zaras, Nikes y Stradivarius (entre otras franquicias machacantes) empezó a desesperanzar al buscador de emociones. ¿Le habría tomado el pelo el personaje de la tienda de tebeos? ¿Se estarían riendo a mandíbula batiente todos los clientes y coleccionistas que había en el local en aquel momento? Todo era posible.

Bastante desanimado empezó a andar hacia la salida del centro comercial. Le esperaba una buena tanda de transportes públicos hasta volver al cubil de descanso y autoflagelación. En ese momento vio algo que le dejó estupefacto. En medio de la avenida del monumental recinto había un hombrecillo con una camisa hawaiana de las que, como espectador, necesitan gafas de sol con cristales reflectantes. Sus diminutos dedos estaban plagados de ostentosos anillos de oro, alguno de ellos con buenos pedruscos dignos de las Minas del Rey Salomón. La estampa era curiosa. Estaba sentado en una mesa, como si te fuera a leer la buenaventura. Solo. Impertérrito. En el pequeño mobiliario de quitar y poner, en vez de cartas de Tarot tenía una lotecillo de fotografías, diferenciadas en tres montones y un grupo de cuatro o cinco rotuladores, negros, plateados y blancos.

Era R2D2 pero nadie sabía quién era, o nadie parecía reconocerlo. Daba robótica tristeza. Un tipo al que imaginó en inmensos sets de rodajes, con George Lucas a su vera, un gritón Chewbacca a la destra, Peter Cushing tomando el té a la siniestra y Vader estirando gemelos detrás de una pared, estaba allí, más solo que la una como perfecto vendedor de décimos de la Cruz Roja para el Sorteo del Oro.

Era una buena oportunidad y, ni corto ni perezoso, aprovechó para conversar de lo divino y de lo humano, de hablar de la ciudad y de la situación, de lo extraña que es la vida del “famoso” en cuanto sale de su zona de conocimiento y estima por parte del público. La verdad es que el actor no se mostraba afectado, más bien relajado y sonriente ante la divertida situación, casi disfrutándola. Era la segunda vez que R2D2 se perdía, la primera vez fue en Tatooine junto con su dorado compañero de fatigas, la segunda, más confortable y controlada, en un enorme centro comercial y a nuestro amigo le tocaba hacer de robot de protocolo. “R2, tengo un mal presentimiento sobre esto”.

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